En enero de 1964, un estudiante decidió no dormir durante once días seguidos como parte de un experimento escolar. Con el correr de las horas aparecieron fallos de memoria, desorientación, alucinaciones y pérdida de coordinación.
En enero de 1964, un estudiante decidió no dormir durante once días seguidos como parte de un experimento escolar. Con el correr de las horas aparecieron fallos de memoria, desorientación, alucinaciones y pérdida de coordinación.
El cuerpo seguía en pie, pero la mente comenzaba a fracturarse, dejando uno de los registros más extremos jamás documentados sobre los límites del cerebro humano sin descanso.